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Querido diario;
Soy fea y la culpa de que lo haya descubierto la tiene Laura. Hasta la fecha pensaba que nuestras grandes diferencias físicas se debían en buena medida, a que ella es unos años mayor que yo y por lo tanto, su cuerpo tiene las curvas que a mí todavía la naturaleza no me ha concedido. Pero no..., ha bastado con echar un vistazo al pasado para salir del engaño, más concretamente al álbum de fotos que mamá guarda en casa. Le encanta sacarlo a la mínima oportunidad que le surge y presumir de recuerdos delante de las vecinas. Por ello, en momentos así suelo correr escaleras arriba a encerrarme en mi habitación para hacer los deberes. Lo prefiero antes que pasar por ese trance.
Sin embargo esta vez fue imposible escapar dado que Laura sentía curiosidad por verse a sí misma de pequeña, y a mamá por supuesto, le ha faltado tiempo para ir a buscarlo. Aún así hice el amago de escaquearme, pero cuando me incorporé de la silla al tiempo que abrían el libro, me quedé paralizada observando la primera foto. En ella aparecía una niña de unos tres años, de pelo castaño como sus ojos y de aspecto lozano en general. Aunque no fue ésto lo que llamó poderosamente mi atención. La niña cargaba en su regazo un bebé calvo y tan blanco como la cal. Diría incluso que guardaba algún parentesco con Cásper porque además de parecer translúcido, tenía un tamaño de cabeza desorbitado.
—¿Mamá quién es ese bebé tan... raro?
Llamarlo feo era quedarme corta y por otro lado, me parecía cruel tratándose de un niño así de pequeño.
—Cariño eres tú.
Abrí la boca de golpe fruto de la impresión y enseguida escuché las risas de Laura.
—Debes estar gastándome una broma —musité aún conmocionada.
“Y una broma muy pesada”, pensé. Me negaba a considerar que ese trozo de cuero blanco con forma de bombilla, guardara alguna relación conmigo o lo que era mil veces peor, ¡que fuese yo misma!
—En cuanto naciste, supe que Dios tenía que compensarte de algún modo.
Luego creciste y en efecto, no solo te volviste muy guapa sino que también demostraste ser una niña muy lista —aclaró mi madre, con Laura ahora contorsionada de la risa.
Su comentario lejos de hacerme sentir mejor, hizo que la mirara con inquina.
—Gracias Berta —dije su nombre. Solía hacerlo cuando me enfadaba con ella —, me tranquiliza saber que después de todo tenías esperanzas en mí. Y la niña “guapa” que me tiene tomada en brazos es Laura, claro —supuse amargada en voz alta.
Las dos me dedicaron una sonrisa de consuelo antes de contemplar la siguiente fotografía. En dicho retrato, aparecía un hombre alegre de pelo rubio y ojos claros. Era paradójico pensar que ese señor apuesto compartiese rasgos físicos con la niña repelente que abrazaba lleno de amor. Aunque mi pelo siempre fue de un tono rubio más oscuro, rizado, y sin embargo mis ojos de un verde mucho más claro.
—Tu padre decía que eras igual de hermosa que una pariente suya que había muerto de joven —alegó triste al ver que también contemplaba la foto con semblante distraído.
—Pues entonces estaba claro que su opinión era fruto de un inmenso cariño —repliqué convencida.
—El caso es que eres una niña muy guapa —insistió —, y tu padre te adoraba.
—Recuerdo que le encantaba enseñarme trucos de magia y que me contaba historias de “el mago Merlín” —dije con una sonrisa que mi madre me devolvió.
—Bromeaba diciendo que era tu profesor Merlín y que tú eras el joven Arturo porque al igual que él, estabas destinada a encontrar una espada tan importante como la de Excalibur y convertirte en reina.
—Pero antes tenía que encontrar el mapa del tesoro que me conduciría a la espada.
Ambas reímos.
—La verdad es que tu padre Luca estaba un poco trastocado —concluyó con ojos brillantes de sentimiento.
Laura había permanecido en silencio escuchándonos muy atenta. Ella ni siquiera tenía una figura paterna que recordar, por lo que le gustaba oír ese tipo de anécdotas. Supuse que de alguna manera se sentía parte de ellas, puesto que también había conocido a mi padre. De hecho, su madre y mi padre habían sido buenos amigos para disgusto de mamá.
Seguimos comentando fotografías y a medida que pasábamos las páginas del álbum, fui apreciando un ligero cambio en mis retratos, de niña cadáver a simplemente normal. No obstante, en muchos de esos retazos del pasado en los cuales solía salir Laura a mi lado, ella siempre destacaba. Y no sólo porque su piel fuese más morena y mucho más guapa en general, sino que además sus poses frente a la cámara hacían que luciese radiante conforme a mí me hundía en la misería. No lo pude soportar más y le di un pequeño empujón amistoso.
—¿Se puede saber por qué siempre te tienes que poner a mi lado en las fotos? Jolines, mira que te gusta despuntar —añadí picada.
—Dana, yo no tengo la culpa de que hagas muecas cuando te van a fotografiar —se quejó divertida.
—Se llama falta de fotogenia y mi problema no sería tan evidente si tú no te empeñases en humillarme, que por cierto Berta... —dije ahora desviando mi indignación hacia mi madre—, ¿a cuántas vecinas tendré que matar después de saber que han visto mis fotos?
—Uff, me temo que al barrio entero.
—Genial —gruñí enfurruñada.
—Además cuando en un futuro tengas novio, seré cruel y le enseñaré el álbum muy orgullosa de mi niña.
—Entonces razón de más para nunca tener novio —contradije pensándolo en serio.
Decidí que ya había tenido suficiente desempolvando épocas pasadas y me levanté de la silla para dirigirme al frigorífico en busca de un helado de chocolate. De algún modo tenía en endulzar el hecho de que la naturaleza a veces fuera injusta.
Soy fea y la culpa de que lo haya descubierto la tiene Laura. Hasta la fecha pensaba que nuestras grandes diferencias físicas se debían en buena medida, a que ella es unos años mayor que yo y por lo tanto, su cuerpo tiene las curvas que a mí todavía la naturaleza no me ha concedido. Pero no..., ha bastado con echar un vistazo al pasado para salir del engaño, más concretamente al álbum de fotos que mamá guarda en casa. Le encanta sacarlo a la mínima oportunidad que le surge y presumir de recuerdos delante de las vecinas. Por ello, en momentos así suelo correr escaleras arriba a encerrarme en mi habitación para hacer los deberes. Lo prefiero antes que pasar por ese trance.
Sin embargo esta vez fue imposible escapar dado que Laura sentía curiosidad por verse a sí misma de pequeña, y a mamá por supuesto, le ha faltado tiempo para ir a buscarlo. Aún así hice el amago de escaquearme, pero cuando me incorporé de la silla al tiempo que abrían el libro, me quedé paralizada observando la primera foto. En ella aparecía una niña de unos tres años, de pelo castaño como sus ojos y de aspecto lozano en general. Aunque no fue ésto lo que llamó poderosamente mi atención. La niña cargaba en su regazo un bebé calvo y tan blanco como la cal. Diría incluso que guardaba algún parentesco con Cásper porque además de parecer translúcido, tenía un tamaño de cabeza desorbitado.
—¿Mamá quién es ese bebé tan... raro?
Llamarlo feo era quedarme corta y por otro lado, me parecía cruel tratándose de un niño así de pequeño.
—Cariño eres tú.
Abrí la boca de golpe fruto de la impresión y enseguida escuché las risas de Laura.
—Debes estar gastándome una broma —musité aún conmocionada.
“Y una broma muy pesada”, pensé. Me negaba a considerar que ese trozo de cuero blanco con forma de bombilla, guardara alguna relación conmigo o lo que era mil veces peor, ¡que fuese yo misma!
—En cuanto naciste, supe que Dios tenía que compensarte de algún modo.
Luego creciste y en efecto, no solo te volviste muy guapa sino que también demostraste ser una niña muy lista —aclaró mi madre, con Laura ahora contorsionada de la risa.
Su comentario lejos de hacerme sentir mejor, hizo que la mirara con inquina.
—Gracias Berta —dije su nombre. Solía hacerlo cuando me enfadaba con ella —, me tranquiliza saber que después de todo tenías esperanzas en mí. Y la niña “guapa” que me tiene tomada en brazos es Laura, claro —supuse amargada en voz alta.
Las dos me dedicaron una sonrisa de consuelo antes de contemplar la siguiente fotografía. En dicho retrato, aparecía un hombre alegre de pelo rubio y ojos claros. Era paradójico pensar que ese señor apuesto compartiese rasgos físicos con la niña repelente que abrazaba lleno de amor. Aunque mi pelo siempre fue de un tono rubio más oscuro, rizado, y sin embargo mis ojos de un verde mucho más claro.
—Tu padre decía que eras igual de hermosa que una pariente suya que había muerto de joven —alegó triste al ver que también contemplaba la foto con semblante distraído.
—Pues entonces estaba claro que su opinión era fruto de un inmenso cariño —repliqué convencida.
—El caso es que eres una niña muy guapa —insistió —, y tu padre te adoraba.
—Recuerdo que le encantaba enseñarme trucos de magia y que me contaba historias de “el mago Merlín” —dije con una sonrisa que mi madre me devolvió.
—Bromeaba diciendo que era tu profesor Merlín y que tú eras el joven Arturo porque al igual que él, estabas destinada a encontrar una espada tan importante como la de Excalibur y convertirte en reina.
—Pero antes tenía que encontrar el mapa del tesoro que me conduciría a la espada.
Ambas reímos.
—La verdad es que tu padre Luca estaba un poco trastocado —concluyó con ojos brillantes de sentimiento.
Laura había permanecido en silencio escuchándonos muy atenta. Ella ni siquiera tenía una figura paterna que recordar, por lo que le gustaba oír ese tipo de anécdotas. Supuse que de alguna manera se sentía parte de ellas, puesto que también había conocido a mi padre. De hecho, su madre y mi padre habían sido buenos amigos para disgusto de mamá.
Seguimos comentando fotografías y a medida que pasábamos las páginas del álbum, fui apreciando un ligero cambio en mis retratos, de niña cadáver a simplemente normal. No obstante, en muchos de esos retazos del pasado en los cuales solía salir Laura a mi lado, ella siempre destacaba. Y no sólo porque su piel fuese más morena y mucho más guapa en general, sino que además sus poses frente a la cámara hacían que luciese radiante conforme a mí me hundía en la misería. No lo pude soportar más y le di un pequeño empujón amistoso.
—¿Se puede saber por qué siempre te tienes que poner a mi lado en las fotos? Jolines, mira que te gusta despuntar —añadí picada.
—Dana, yo no tengo la culpa de que hagas muecas cuando te van a fotografiar —se quejó divertida.
—Se llama falta de fotogenia y mi problema no sería tan evidente si tú no te empeñases en humillarme, que por cierto Berta... —dije ahora desviando mi indignación hacia mi madre—, ¿a cuántas vecinas tendré que matar después de saber que han visto mis fotos?
—Uff, me temo que al barrio entero.
—Genial —gruñí enfurruñada.
—Además cuando en un futuro tengas novio, seré cruel y le enseñaré el álbum muy orgullosa de mi niña.
—Entonces razón de más para nunca tener novio —contradije pensándolo en serio.
Decidí que ya había tenido suficiente desempolvando épocas pasadas y me levanté de la silla para dirigirme al frigorífico en busca de un helado de chocolate. De algún modo tenía en endulzar el hecho de que la naturaleza a veces fuera injusta.
