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sábado, 18 de febrero de 2012

Mi nombre es Murphy

Si de algo soy una devota creyente, es de Murphy. Y no me refiero a ese negrito simpático, con el que te reías a carcajadas viendo sus películas. Con este Murphy te ríes por no llorar. Al principio, cuando te lo nombran por primera vez, te lo tomas a cachondeo.

¿La ley de qué?
La ley de Murphy.
¡Bah!, pues yo no creo en eso.


La has cagado.


Lo ignoras pero cuando dices esas palabras, desatas la maldición de Murphy, que es muy cabrón y rencoroso.
Todavía recuerdo cuando se me manifestó por primera vez. Tenía yo unos dieciséis años, estaba en el recreo de clase y ese día estrenaba un anorak. Pues al rato de decir... “bah, yo no creo en eso”, me cagó una gaviota descompuesta y me llenó el abrigo y el pelo, de pringue radiactivo. Pensé, “joder, que mala casualidad. ¿Casualidad?, JA JA mi nombre es Murphy.


Aun así, sigues empeñado en que ha tenido que ser mala suerte el hecho de que en años no te cagase un pájaro encima y justo el día que decides ir de estreno, te pone perdida una gaviota. Hasta que otro día escuchas en el instituto que a fulanito se le ha escapado un pedo en mitad de la clase y tú te burlas de su desgracia “jajajaja, qué pringado, con la edad que tiene y peerse de esa manera”. Pero al llegar la tarde quedas con tu novio en una playa, en plan romántico y bonito. Y te lo pasas bien, te lo pasas tan bien que de la risa te meas encima. Con dieciséis años y te ves mojada hasta los tobillos, roja como un tomate y en la otra punta de donde vives, demasiado lejos para correr a cambiarte. “Joder, ya es casualidad que en años de absoluto control sobre mi vejiga, me pase esto”. Mi nombre es Murphy.


Una noche viendo en la tele uno de esos programas chorras en los que ponen accidentes domésticos o de esas caídas muy divertidas que le ocurren a la gente, tú te partes de risa mientras cenas y opinas “hay que ser tonto del culo para darse semejante leche. Eso le pasa por no mirar por donde va, así se ha comido la farola entera”. Al día siguiente, andas por la calle, te resbalas y... ¡tachán!, de morros contra el suelo. “Joder, que casualidad que justo ayer viendo aquel video, hoy me haya dado la hostia del siglo. Bueno, cosas que pasan por accidente. Te levantas del suelo y te dejas media cabeza contra la rama de un árbol. Un árbol que jurarías antes no estaba ahí, pero ahora ha crecido de golpe mientras tu te caías y luego pensabas “joder, ya es casualidad.... Mi nombre es Murphy. Murphy. Murphy. La ley de Murphy.


Y por fin te echas a temblar al oír su nombre, por lo que empiezas a considerar que aquello que llaman desgracias, justicia divina o mala suerte: es Murphy haciendo cabronadas. Cuando te ríes de él, cuando confías en que a ti no te ocurrirá porque es imposible, ya que sería muchísima casualidad; Murphy te da un palo tras otro hasta que te aprendes su verdadero nombre.


Aprendes que cuando dices “yo nunca me he roto una pierna” y te rompes las dos, es Murphy dándote un escarmiento.


Que si se te pierde algo y lo buscas desesperadamente, es inútil hacerlo, porque aparecerá al cabo de unos días. Es decir, cuando lo dejas de intentar o ya no lo necesitas.


Que si en un año no te has comido un rosco y de pronto cuando te sale novio, te acosa una jauría de lobos, no es porque desprendas un encanto especial, sino porque Murphy es así de oportuno.


Que cuando te sale trabajo después de buscarlo un milenio y después te salen tres más, es Murphy dando por saco otra vez.


Incluso cuando lees un correo, convencido que será una patada más de otra editorial, resulta que es una agencia dándote buenas noticias. Y Murphy te dice “¿ves?, hasta soy capaz de hacer cosas buenas con tal de llevarte la contraria”.


Yo cuando alguien se ríe de la ley de Murphy, me chivo diciéndole, “hala, lárgate a torturar a otro”, y luego Murphy se ríe el doble y tú con él.