Introducción.
Sábado,
6:30 mañana: me levanto muy pronto, tan pronto que tengo los ojos
pegados por las legañas. Pero no puedo entretenerme en tonterías
como intentar ver, tengo que arreglarme lo antes posible para no
perder el autobús. Hoy voy de viaje a Madrid y esta noche conoceré
a mi agente literario, ¡y yo con estos pelos!
No
voy sola, otro huracán de categoría cinco me acompaña en la
aventura; mi tía la Dancing Queen.
Así
que salgo ciega de la cama hacia el baño chocando contra todo a mi
paso. Despierto a la casa entera, por supuesto. Y llego al aseo,
cojeando, dolorida y magullada. No importa, me ahorraré el café
porque ya estoy espabilada. Termino de recomponerme y parto disparada
por la puerta de casa, arrastrando mi maletita con ruedas. Ya seguiré
despidiéndome de Pepito Grillo por WhatsApp.
8:00:
llego a la estación, es muy temprano. El bus hacia Oporto, (donde
cogeré el vuelo a Madrid), no sale hasta las nueve. Me dedico a
esperar a DQ, paseando por allí, pero todas las tiendas están
cerradas, incluida la única cafetería. Menuda mierda.
Continúo
intercambiando WhatsApp con Pepito Grillo, mientras espero a DQ. Y
espero y sigo esperando. Estoy de los nervios, porque ya son las 8:45
y no aparece. Me pregunto si la falta de puntualidad será cosa de
familia (véase la entrada, De
excursión con la yaya F ). Levanto la cabeza y veo a una mujer
alta, de pelo rizo rojizo, silueta estilizada y vestida a la última.
No es Carrie Bradshaw de “Sexo en Nueva York”, sino mi tía. ¡Al
fin!
Ella sonríe, yo respiro aliviada y
también sonrío. Hay que ver cuánto autocontrol tengo. Nos montamos
en el autobús rumbo al extranjero, ¡comienza la aventura!
DOS PEREGRINAS EN OPORTO
Llegamos a tierras portuguesas con
nuestras ganas de pasarlo bien, pero con falta de cafeína: sobre
todo yo, algunos ya sabéis... Arrastramos nuestras maletitas con
ruedas por esas malditas calles angostas y adoquinadas, y de repente
me quedo con un pie al aire. Giro la cabeza y veo mi zapato con mini
tacón, encajado entre esos malditos adoquines.
DQ: Jjajajajajaajajja, ¡cuidado
Ceninienta!
Yo: …
Me vuelvo a calzar y seguimos en busca
del café prometido. Parece ser que las mujeres no pueden llevar
tacones en Oporto, medito. Desayunamos montando un espectáculo en la
cafetería. Nos estamos riendo a carcajadas a la vez que nos hacemos
fotos. La gente no está acostumbrada a tanta alegría, por lo que
algunos, incluso, nos señalan desde la calle. Nos damos cuenta que
la crisis ha hecho estragos en los ánimos del pueblo.
(Aquí foto maldita)
Proseguimos con la excursión por
Oporto, en busca ahora de la librería Lello e Irmáo; famosa por ser
donde se rodaron escenas de la película Harry Potter. Nos montamos
en un autobús urbano, nos clavan casi cuatro euros por el ticket de
las dos y dentro no reparten canapés. Hijos de puta.
Después de ir y venir, volver y
seguir, localizamos al fin la jodida librería. No dejan hacer fotos
dentro porque quieren que te dejes un riñón comprando sus
postales. Hijos de puta.
Pero de pronto, ¡oh!, la librería se
ilumina con luz celestial y observo a un hombre atractivo, de
cabellera rubia brillante y andares descuidados. Decido (con una
lógica aplastante), que a narices es británico, ya que me recuerda
mucho a John Smith, el de Pocahontas.
—¡Mira, tía! —cuchicheo
emocionada.
—Ya le vi, ya le vi.
La miro, atónita. ¡Menuda halcón
peregrina está hecha!
El británico sigue paseando por el
pasillo de la librería, curioseando los libros de las estanterías
antiguas, con ese aire intelectual. Además, tiene una mochila que
deja reposar de forma natural sobre uno de sus hombros. Es todo un
bohemio aventurero.
—Y mira, tía, no finge que ojea
libros. ¡Está leyendo de verdad! —opino, como si fuera lo más de
lo más en un hombre guapo.
—Debe haber venido acompañado de
alguna mujer —deduce DQ, con mi misma lógica aplastante.
Transcurre el tiempo y comprobamos que
no, no viene acompañado. ¡Está solito! Demasiada distracción para
nosotras.
—Ejem, ejem, ¿no venimos a visitar
la librería?
—¡Ah, sí, la librería! —recuerda
DQ—. Vamos a sacarle fotos a la fachada, que también es muy
bonita, ya que dentro no nos dejan.
(La fotografíamos algo lejos para
que no se notara nuestra babilla)
Continuamos con la idea de hacer tiempo
antes de ir al aeropuerto y aprovechamos para metemos en una farmacia
a pesar las maletas. Los de Ryanair son unos cutres y nos obligan a
no excedernos ni en el peso ni en las medidas del equipaje, de lo
contrario corremos el riesgo de quedarnos en tierra. Comprobamos que
nos sobran kilos por rellenar y lo celebramos pensando en la de cosas
que vamos a poder comprarnos en Madrid. Pero entonces caigo en un
detalle,: mi maleta tiene algunos centímetros más de lo permitido.
Me empieza a correr un sudor frío. ¡Ay Dios! Voy a tener que
comprar otra maleta, me van ha sablear y vengo justa de dinero. ¡Ay
Dios, ay Dios! Nunca pensé que tendría problemas de altura. Mi
tía encima no ayuda.
—Uff, me acuerdo cuando en un
aeropuerto, tuve que comprar una maleta porque me pasaba de medidas.
¡No veas que cara me costó!
Ay Dios, Ay Dios.
Decidimos partir hacia el aeropuerto y
una vez allí, tenemos que pasar por el control de seguridad.
Dejamos, bolso, cinturones, gafas y maletas, encima de una cinta
transportadora y nosotras pasamos por el detector de metales. DQ, pita
por el cacharro y sin más, la veo a mi pobrecica abierta de brazos y
de piernas, como un recortable de los Inocentes; mientras una guarda
la cachea hasta el colodrillo en busca de alguna bomba u objeto
punzante. DQ, se somete a esa metida de mano, con humor, pero por
dentro se debe estar cagando en la sobona. Yo observo el proceso con
cara de terror, y cuando paso sin problemas por la maquinita
infernal, me descojono viendo a mi tía; que ahí sigue, con sus
extremidades holgadas al mundo. Ja ja, me he librado, me he
librado, vitoreo desde mi interior.
La guarda termina de asegurarse de que
tampoco lleva explosivos en el tampón y por fin la deja volver a mi
lado. Trato de convencer a DQ de que no me estaba riendo de ella, que
en realidad intentaba controlar las lágrimas, y en cierta forma es
cierto...
Localizamos a la compañía Ryanair y
nos ponemos en la cola de embarque. ¡Uff, ahora sí, la prueba de
fuego!, ¿pasaré o no pasaré con mi maleta? Ay Dios, Ay Dios.
Observamos el método tan sofisticado
que tienen los de Ryanair para controlar el equipaje de sus
pasajeros: se trata de un soporte metálico con un agujero dentro, y
si te cabe la maleta, pasas, sino te jodes y compras otra. Me
propongo meter mi maleta, sí o sí, aunque se reviente el soporte
como una piñata. Afortunadamente encaja sin problemas y puedo
respirar tranquila. ¡Ahora a volarrr!
(Yo dentro del pájaro con motor)
MADRID.
17:35: Pisamos tierras madrileñas. En
ese momento me llega un WhatsApp de mi agente; me pide que nos veamos
antes de la cena para hablar con más tranquilidad. ¡Qué nervios!
Cojo mi maleta con ruedas y echo a andar
detrás de DQ, igual que un polluelo. Por el pasillo del avión hacia
la terminal, atropello a una portuguesa y le jodo un pie. Aunque ella
se comporta como si le hubiera atropellado un camión, haciendo
muecas exageradas de dolor y maldiciéndome en portugués. Me
disculpo, como es evidente, y ella me sonríe con ojos brillantes de
rencor. Paso de la portuguesa quejumbrosa y continúo andando por los
interminables pasillos de Barajas. No sin cometer más gambadas; me
meto en el baño de los chicos, me olvido de la maleta y sigo
caminando sola, me meto por un pasillo que no es, me olvido de
dónde puse el DNI... ¡Madrid ya estoy aquí!
Y así, en esa misma línea llego de
milagro al hotel con DQ, que me ha tenido que salvar un par de veces
más, de extraviarme. Resulto una compañera de viaje muy pesada, y
sobre todo, esquiva.
Nos emperifollamos para la cena y yo,
escojo como modelito una mini falta, tan mini, que en cinco años
desde que la tengo, solo me la he puesto tres veces; y para rematar
me calzo unos taconazos que pesan un quintal cada uno y con los que
apenas puedo mantenerme en pie. Renuncio a mi comodidad y me juego la
crisma, con tal de lucir palmito. ¿Por qué a veces las mujeres
somos así de gilipollas?
(Listas para matar)


Salimos del hotel hechas un pincel y
por la calle notamos una multitud de miradas puestas sobre nosotras.
Me incomoda pero trato de ignorarlas mientras camino pisando huevos
para no matarme. Eso sí daría que hablar. Localizamos el punto de
encuentro y nos ponemos a esperar a mi agente. Estoy a puntito de
conocerla: ¡qué nervios, qué nervios! Seguimos notando esas
miradas, por lo que me fijo si por casualidad estamos apoyadas en una esquina y eso está generando algún tipo de confusión... No, no es
una esquina, nuestra ropa no es tan descocada y tampoco vamos
excesivamente maquilladas. Tanta atención de debe simplemente a cosa
de hormonas masculinas y pelusa femenina. ¿Quién lo diría?, yo
siendo objeto de algo así. La buenorra de mi tía debe estar
acostumbrada pero yo... ¿No habrá alguna alcantarilla por la que
pueda escurrirme? Decido que jamás me volveré a poner esa falda ni
los tacones, y que será mejor abrocharme la chaqueta y esconder el
bolsito. Antes saco el móvil para mandarle un WhatsApp a mi agente
“ya estoy en la plaza”, y a los dos segundos me contesta “pues
vale, yo estoy en el sofá viendo la tele”. ¿Eing? Reviso el WhatsApp y descubro que se lo he mandado por error a Pepito Grillo.
¡Uff, menos mal!
Esta vez se lo mando correctamente y
seguimos esperando. Nos están matando los tacones y las miradas
ajenas. Cómo odio en estos momentos a doña me hago de rogar.
Después de un rato más de suplicio,
aparece una señora de piel muy morena, bajita, con un vestido negro
ceñido a su esbelta figura y una chaqueta a juego. ¡Hala, que
elegante es Piluca! A su lado se encuentra su compañero de
agencia, Fernando Riquelme; un hombre de apariencia robusta y muy
cercana.
Nos sentamos a tomar algo en una
terraza, allí me ponen al corriente de mi situación literaria y de
momento solo puedo decir que salí dando palmas con las orejas. Mi
tía DQ, también parece muy contenta por mí y yo me alegro de que
esté allí, de poder compartir con alguien algo así.
Nos dirigimos los cuatro hacia el
restaurante donde habíamos quedado con el resto de escritores de la
agencia. Yo sigo en mi burbuja de cristal, pero mientras permanecemos
de pie a que aparezcan los invitados que faltan, los tacones también
me siguen torturando. Trato de ignorar el dolor y me centro en
conocer a los escritores que me presentan. Me llevo una grata
sorpresa al reconocer a algunos del facebook. La escritora por
ejemplo, Gala Romaní, es un bombón de ojos azules y muy maja en
persona. La escritora Laura López, (niña mala) es una loquita
encantadora, como me imaginaba. A los demás los voy tratando a lo
largo de la noche y disfruto de su compañía. Sobre todo de T.C.
Ferri; con el que nos echamos unas risas recordando los grandes
clásicos de Disney. Sí, de Disney, la noche da para mucho y aparte
de política y de temas literarios, también hablamos de la Sirenita,
mientras nos ponemos como ceporros cenando.
(Fotos de la cena)
(de izq. a der: Rafael Caunedo, mi agente, yo y Román Manrique)
Luego mi tía DQ y yo, volvemos al
hotel y una vez en cama, reflexiono de todo lo sucedido en nuestra
excursión. Y lo mejor, es que mañana me espera otro día increíble.
CONTINUARÁ...
Me ha encantado, Cenicienta. Ahora, lo que de verdad me ha dado envidia ha sido la librería. Me hubiera puesto a gritar como las fans de Justin Bieber, abrazadita a la escalera... y después al inglés. :D
ResponderEliminarEstoy deseando leer la segunda parte.
Por cierto, estáis guapísimas en las fotos!!!
Besotes!!
jajajajaja pues si entonces vieras al tío... madre mía que sudores! XD
EliminarMuchas gracias por el cumplido.
Un besote, guapísimaa!
Hala, todo el mundo tiene aventuras excitantes y divertidas. ¿Por qué yo no puedo? ¿Porque aún soy joven para llevar tacones? ¿¡POR QUÉ, MUNDO CRUEL, POR QUÉ!?
ResponderEliminarPD: Preciosa en las fotos, y esa falda no es tan mini..ay, si vinieras a mi colegio te daba un infarto xD
¡Besazos!
Mª José
jajajajaja mi niñaaa, tú también tendrás muchas aventuras que contar. Tiempo al tiempo.
EliminarJo, no me digais esas cosas, que al final me lo creeré. Vaya con tus compis de clase y sus faldas, no? Deben tener a los chicos, babeando encima de la mesa.
Un besazo, princesa!
Muy divertido la verdad! A mí tampoco me gusta usar ropa de ese tipo porque no me gusta que me estén mirando todo el tiempo como si una fuera un objeto. Me encantó la anécdota y mañana me paso a leer la otra.
ResponderEliminarAh, Raquel, perdón por no pasarme en tanto tiempo por aquí, es que estuve algo ocupada y se me pasó.
Besos.